Miércoles 01/04/26. Las increíbles Médulas

 

Tras un amanecer soleado y agradable retomamos la ruta que habíamos dejado a medias el día anterior para visitar el paraje de Las Médulas. Antes de empezar, pasamos por el centro de interpretación para coger un mapa y orientarnos con los senderos.

El itinerario hasta La Cuevona es de unos 3 km. En origen era una ruta circular, pero actualmente está cortada por trabajos de acondicionamiento, así que toca ir y volver por el mismo camino. Después, subimos al Mirador de Orellán, que conecta por carretera con el Mirador de La Pedrices.

El paseo hasta la Cuevona es, sencillamente, hipnótico. Caminamos despacio, casi en silencio, fascinadas por los troncos retorcidos de los castaños centenarios, auténticas esculturas naturales, y por el intenso color rojizo de la tierra.












En la Cuevona, varios paneles explicativos nos ayudan por fin a entender qué estamos viendo. Este paisaje no es natural en sentido estricto: es el resultado de una explotación minera romana de hace más de 2.000 años. Lo que hoy parecen montañas erosionadas era en origen un monte compacto.



Cueva de la Encantada
Cuevona

Los romanos desarrollaron distintos métodos para extraer el oro, siempre utilizando el agua como elemento clave para separar el mineral. Uno consistía en canalizaciones superficiales y lavado de materiales, pero el más espectacular era la llamada ruina montium. Este sistema implicaba excavar galerías en el interior de la montaña y llenarlas de agua de forma brusca, provocando su colapso. La montaña literalmente se venía abajo.



Así se originaron estas formaciones rojizas tan características: no son otra cosa que las entrañas del antiguo monte. Una vez entiendes el proceso, el paisaje cambia completamente. Es fácil identificar dónde se produjeron los derrumbes, dónde se acumulaban los cantos rodados y hasta los restos de las canalizaciones romanas.






Es un lugar impresionante, tanto por su historia como por su belleza.

Además, tras los incendios recientes, hay menos visitantes. A nosotras esto nos permitió recorrerlo con mucha tranquilidad, ser atendidas con calma en el centro de interpretación y encontrar sitio para comer sin problema.

La ruta completa nos llevó unas 4 horas. Después, visitamos con calma el centro de interpretación, donde vimos un breve documental sobre la historia de Las Médulas. La chica que nos atendió fue especialmente amable y nos contó con detalle lo que supusieron los incendios del año pasado. Afortunadamente, el impacto final fue menor del que se temía y muchos castaños sobrevivieron gracias a sus troncos gruesos.





También nos explicó que la explotación de los castaños es privada y que las parcelas se han transmitido de generación en generación. Resulta curioso cómo organizan la recogida: cada árbol es delimitado con una pequeña valla hecha de material vegetal para evitar que las castañas rueden hacia parcelas vecinas.

Había además fotografías del paisaje nevado que eran espectaculares. Según nos contó, en invierno el lugar adquiere un carácter completamente distinto, casi mágico.

Salimos enamoradas del lugar y de su gente.

Comimos en un restaurante a la salida del pueblo, una casona auténtica, con un dueño cercano y campechano. Nos ofreció una comida totalmente casera: lacón con pimientos, morcilla de León, que es servida desmenuzada en tarrina, ensalada con vinagre de vino casero y un café de los de antes. Todo sencillo, pero excelente.




Con la sensación de haber visitado un lugar realmente especial, continuamos ruta hacia los Ancares Leoneses. Dormimos en Balboa, donde aún tuvimos tiempo de pasear por el pueblo.







Balboa es pequeño pero muy agradable: el río lo atraviesa, hay puentes de madera y una atmósfera tranquila. Destaca su iglesia, sólida y elegante, y la palloza situada en el centro, hoy reconvertida en restaurante. En la parte alta se alza el castillo de Balboa, de origen medieval (siglo XV) y muy restaurado, que encaja de forma sorprendentemente armónica con el conjunto del pueblo.

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