Viernes, 3/04/2026. Dejamos los Ancares para emprender el regreso a casa...
Buscamos rutas cerca de Vega de Espinareda para hacer antes de irnos. Varias parten del impresionante Monasterio de San Andrés, un edificio del siglo XVI (aunque con orígenes anteriores) que refleja ese estilo sobrio y robusto tan característico del Bierzo, con muros de piedra maciza y un aire casi fortificado.
Decidimos hacer la ruta que lleva al pueblo de San Vicente: unos 12 km ida y vuelta, con poco desnivel, que nos llevará unas 4–4,5 horas.
La pista parte del monasterio, ancha y cómoda, y avanza paralela al río Cúa. Este río, que nace en las montañas de los Ancares, ha ido excavando el valle durante miles de años, generando estos corredores naturales tan agradables para caminar.
Al llegar al puente de piedra que cruza el río, se puede elegir: seguir por la pista principal o tomar el llamado “camino de invierno”, una senda más estrecha y sinuosa que asciende por la ladera izquierda del valle. Nosotras, claro, elegimos esta última. Tiene algo más de desnivel, pero es mucho más bonita.
Vamos solas todo el camino, pero es justo lo que buscábamos. El recorrido discurre entre bosques de encinas, castaños, cerezos silvestres y robles, con el sonido constante del río acompañando. El castaño, por cierto, ha sido clave en la economía tradicional del Bierzo durante siglos, hasta el punto de que muchos de estos sotos fueron cultivados y manejados como auténticos huertos forestales.
Es una maravilla de caminata.
Finalmente, llegamos al pueblo de San Vicente, que pensábamos que estaría abandonado. Pero nos llevamos una sorpresa: hay muchas casas reconstruidas y otras tantas en proceso. Es una alegría ver cómo estos pequeños pueblos leoneses parecen volver poco a poco a la vida.
El pueblo nos fascina. Las casas son preciosas, construidas con piedra del propio entorno, con tonos que varían según la oxidación de los minerales, lo que les da una gama de colores muy particular. Tejados de pizarra, balconadas de madera… todo muy bien integrado en el paisaje.
Además, el río Cúa no solo bordea el pueblo, sino que uno de sus afluentes lo atraviesa, de modo que San Vicente está literalmente rodeado de agua que baja con fuerza desde la montaña hacia el valle.
Pasamos un buen rato recorriéndolo, disfrutando de las casas en reconstrucción y del cuidado y el gusto con el que están hechas. Es de esos sitios que sorprenden sin esperarlo.
Finalmente iniciamos el camino de regreso por la misma estrecha senda y llegamos a Vega a la hora de comer. Como hemos ido picando algo durante la ruta, decidimos no parar demasiado y aprovechar para avanzar ya camino de casa, dejando la comida para un poco más adelante.
Hoy queremos acercarnos a Tafalla, donde mañana recogeremos a Merche, así que buscamos algún sitio agradable, cercano a la carretera pero con algo de naturaleza. Después de darle unas cuantas vueltas, decidimos parar a dormir en Pancorbo, en la provincia de Burgos. Y la elección no puede ser mejor.
El pueblo está situado en pleno desfiladero de Pancorbo, un paso natural excavado por el río Oroncillo entre las sierras de Obarenes. Este corredor ha sido históricamente una vía clave de comunicación entre la Meseta y el norte peninsular, utilizado desde época romana y muy disputado en la Edad Media por su valor estratégico.
Hoy en día, más allá de su historia, es un lugar espectacular para pasear: paredes rocosas, vegetación encajada en el cañón y un paisaje muy diferente al que hemos recorrido estos días.
Además, dormimos en un parque precioso y muy tranquilo que ofrece el propio pueblo, perfecto para terminar la jornada con calma.




















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